Qué tienen en común los buenos comunicadores

Qué tienen en común los buenos comunicadores

Hace 2.500 años, en la antigua Grecia, un tema dividió a los atenienses: ¿hablar con persuasión es una técnica o una virtud?

Algunos decían: hablar con persuasión es simplemente una técnica sin alma, que se puede aprender con un poco de esfuerzo, pero que está al alcance de cualquiera. Eran los llamados sofistas, que enseñaban esa técnica al mejor postor: para hablar en el ágora, para convencer al juez, para presentarse a magistrado… Cualquier causa merece ser defendida, y ellos enseñaban a hacerlo a cambio de una bolsa de dracmas.

Contra ese pensamiento dominante reaccionó una de las mentes más preclaras de la historia: Aristóteles. Para el filósofo, comunicar no es una técnica, sino algo que se lleva dentro. Porque lo que realmente persuade a la audiencia es la autenticidad del orador: que realmente crea en lo que dice, porque está comprometido personalmente, y la causa lo merece. Por eso, decía Aristóteles, no se puede defender una cosa y su contraria: solo se puede defender en público lo que es bueno.

A la persuasión Aristóteles le llamaba “el poder suave”: conseguir lo que se pretende de los demás a través de la convicción de que eso es lo mejor para ellos. Lo característico de la persuasión es que respeta la libertad: pueden decir que no. El buen orador consigue que la gente quiera escucharle, y luego seguirle.

Tres elementos han de concurrir en el orador: credibilidad, conexión emocional y argumentos racionales. Pero el pobre Aristóteles se llevaría un disgusto si viviera hoy: muchos defienden causas que no merecen ser defendidas, y tantas personas consideran que para hablar bien en público y convencer a sus oyentes lo importante es adquirir técnicas de expresión oral y de lenguaje corporal. Vivimos hoy en tiempo de sofistas.

Y sin embargo, quisiera romper una lanza en favor de lo que defendió Aristóteles, porque… es verdadero. Los grandes comunicadores, las personas que arrastran de verdad, son en primer lugar personas creíbles y consecuentes. Los verdaderos líderes no se ponen delante de la masa después de mirar a dónde van, sino que deciden dónde hay que ir de acuerdo con sus convicciones, y los demás les seguimos convencidos de que indican el buen camino. Los líderes auténticos pueden no ser populares, ni divertidos, ni guapos: pero les seguimos porque descubrimos en ellos autenticidad. Nadie sigue a quien no es auténtico.

Y no me refiero solo a políticos, periodistas, jueces, etc. Esto vale también para unos padres frente a sus hijos, a una profesora frente a sus alumnos, a un entrenador ante su equipo, o a la gerente de una empresa con sus empleados.

¿Qué más tienen en común los buenos comunicadores? Sin duda, de algunos nos atrae su voz aterciopelada, un modo de mirar cautivador o una sonrisa franca. Pero si vamos más allá de lo corporal, nos damos cuenta enseguida que la buena comunicación entre el orador y su audiencia la facilitan algunos rasgos que nos hablan de la identidad de la persona.

Por ejemplo, la imperfección, si es auténtica, comunica mejor que la perfección postiza. Es más, muchas veces consideramos la perfección como antipática, porque nos parece poco humana.

También nos acerca al orador la humildad y la cercanía. En cambio, la prepotencia y el orgullo provocan tal rechazo que, aun sabiendo que tiene razón, no queremos dársela y preferimos resistirnos a ser persuadidos.

Son sumamente atrayentes también la valentía, la facilidad de escucha, la capacidad de mostrar los propios sentimientos, la flexibilidad para adaptarse; mientras que la cobardía, la tendencia a imponerse y no dejar hablar a los demás, la frialdad emocional y la rigidez nos alejan del orador… y de lo que quiere transmitir. No conectamos con esas personas, y por eso no nos persuade lo que dicen.

En el fondo, se persuade más con el modo de ser que con lo que decimos. Entre los elementos comunes a todos los buenos comunicadores está también el saber exponer con claridad los propios argumentos. Pero esa cualidad es, si me permiten, secundaria. En la universidad, por ejemplo, los mejores profesores no son necesariamente los más sabios, sino los más cercanos. Y los hijos hacen más caso de la madre que del papá quizá porque se sienten más queridos por ella.

Comunicar no es transmitir saberes sino mantener una relación humana. Comunicar bien es mantener relaciones humanas de calidad. Todo lo que mejora la relación entre personas (la cordialidad, la cercanía, la claridad, la vulnerabilidad, etc.) mejora la comunicación.

Por eso, cuando nos preguntemos cómo podemos comunicar mejor en el ámbito profesional y en el personal, recordemos que la comunicación va de dentro hacia fuera. Lo primero que tenemos que hacer para comunicar mejor es ser mejor, en cada ámbito: como oradores, saber más contenidos y formas; como profesionales, dominar con perfección la materia; como personas, ser mejor amigo, compañero, madre, hija, etc. La autenticidad es la clave de la comunicación entre personas.

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