En la búsqueda de la excelencia

En la búsqueda de la excelencia

Me encanta observar que cada vez más, muchas empresas se comportan como hacemos los seres humanos en familia. Ha habido épocas pasadas en que se ha intentado separar la vida profesional de la vida personal. Fíjense que lo único que relacionamos con nosotros mismos es la vida “personal”, que aparenta ser la vida real, la que vale la pena. La profesional parece que se produzca fuera de uno mismo: extracorpórea. Y esos vocablos quizás provengan de una época en que trabajar era un esfuerzo que pagaba las facturas para disfrutar de la vida personal.

 

Sin embargo, en esa evolución acelerada que estamos viviendo, muchos creemos que el trabajo es una manera de disfrutar y vivir, que las relaciones que establecemos con nuestros compañeros y clientes pueden ser una fuente inagotable de aprendizajes, intercambios de ideas, actividades compartidas y amistades duraderas. En muchísimos casos, fomentamos la amistad auténtica en nuestras empresas y nos queremos de verdad los unos a los otros. Se ha hablado incluso de la segunda familia y si calculamos el tiempo que pasamos trabajando y en en nuestros hogares, igual deberíamos llamarla la primera familia.

 

Creo que ese es el camino justo, recto y apropiado porque lo que nos acerca a la felicidad es precisamente la unidad, el ser nosotros mismos sin fisuras en cualquier momento y situación. Cuando lo que pensamos, creemos, sentimos y hacemos están en armonía empezamos la vía hacia la consecución de nuestro equilibrio. Si además vivimos el instante presente con pasión y entusiasmo, llegaremos a experimentar la felicidad que repartiremos a los demás sin ni tan siquiera proponérnoslo.

 

En cambio, si separamos nuestra vida profesional de la personal, si no somos capaces de integrarlas en un solo comportamiento y las mismas actitudes, la vida puede descarrilar fácilmente. ¿Recuerdan al empresario duro como un pedernal que se vuelve blando en familia?¿Recuerdan haber oído: es solo un trabajo? Muchos decidimos hace tiempo que no vale la pena trabajar si no se disfruta del camino, si los lunes por las mañanas no tenemos unas ganas enormes de ponernos a la labor con nuestros colegas. Si eso no les pasa, empiecen a pensar qué pueden hacer ustedes para cambiarlo porque se estarían perdiendo disfrutar de más de la mitad de su vida miserablemente. Todo depende de su actitud, de cómo se comporte, de cómo se tome sus funciones, de si piensa que todo es un desastre, de si piensa que todos los que le rodean son unos ineptos, si busca su recompensa personal no ayudando a los demás a ser mejores. A veces no podemos elegir el trabajo que nos gustaría hacer pero si la actitud con la que lo hacemos.

 

Si llegamos a la conclusión que lo mismo que hay que hacer en casa para que la familia viva en armonía es lo que debemos hacer en el trabajo y si las actitudes que tenemos en uno y otro sitio son las mismas ¿qué hay diferente en un lugar y el otro?

 

Y para aquellos que no son felices ni en casa ni en el trabajo, piensen que hay algunos que lo hemos logrado y que nuestra vida es, seguramente, mucho mejor que la suya. ¡Seguro!

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